19 de julio de 2026

El comentarista que me habita

— Por A. Zohar

Mi comentarista habla desde que me despierto.
Lo curioso es que todavía no sé cómo se llama.
— A. Zohar

Hace tiempo descubrí que no vivo solo. Hay alguien que comenta todo lo que hago.
No descansa. No se pone enfermo. No pide vacaciones. Se limita a comentar.

Se levanta conmigo y, antes incluso de que el café empiece a hacer efecto, ya ha decidido si he dormido bien, si tengo mala cara y cómo debería afrontar el día. Lo hace con una seguridad admirable. Y cambia de opinión con la misma facilidad.

Por la mañana soy un desastre. Después de un café ya no tanto. Si alguien me sonríe, parece que la vida vuelve a tener sentido. Si el semáforo tarda demasiado, el mundo empieza a ir cuesta abajo. Empiezo a sospechar que quien cambia no soy yo. Cambia el comentario.

Mi comentarista nunca se calla.
Lo único que no comenta es quién es.
— A. Zohar

He observado que es extraordinariamente versátil. Si camino, debería caminar más. Si camino más, tampoco hace falta exagerar. Si descanso, quizá esté perdiendo el tiempo. Si trabajo demasiado, debería aprender a parar. Nunca le falta una opinión.

Siempre llega un segundo después de que la vida haya ocurrido. No le interesa la realidad. Le interesa tener una opinión sobre ella.

Hay días en los que estoy convencido de que todo va mal. Horas después me río con un amigo, escucho una canción que me gusta o el mar decide hacer de mar… Y, sin que apenas haya cambiado nada, resulta que ya no va todo tan mal. La vida casi no se ha movido. El comentario, sí.

A veces incluso comenta el silencio. Si medito, evalúa cómo ha ido la meditación. Si estoy en paz, opina sobre la calidad de esa paz. Si por un instante no dice nada… en cuanto vuelve, comenta lo bien que estaba cuando no hablaba. Reconozco que tiene talento.

Bla, bla, bla…
Hay días en los que mi comentarista habla tanto…
que la vida tiene que esperar su turno.
— A. Zohar

No he conseguido que se calle. Y, para ser sincero, ya tampoco lo intento. Hay momentos, cada vez más frecuentes, en los que sigue hablando… pero deja de ocupar toda la habitación. Como esa conversación de la mesa de al lado en un restaurante. Sigue ahí. Pero ya no necesito escucharla.

La vida continúa.
El café sigue sabiendo a café.
El mar sigue haciendo de mar.
Y la risa, cuando aparece, tampoco pide permiso.

Mi comentarista habla de todo.
La vida nunca le responde.
— A. Zohar

¿Qué comentario me estoy creyendo hoy… sin haber comprobado quién lo está haciendo?

Ahí la dejo.
Por si un día también te sirve de espejo.


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