La mente pregunta:
¿Por qué me pasa esto?
¿Por qué ahora?
¿Por qué a mí?
Necesita una explicación.
Una causa.
Una historia que encaje.
Y cuando encuentra una respuesta, descansa un momento.
Hasta la siguiente pregunta.
Con el tiempo aparece otra posibilidad.
Ya no preguntamos por qué.
Preguntamos para qué.
¿Para qué me está ocurriendo esto?
¿Qué puedo aprender?
¿Qué sentido tiene?
Es una pregunta más amable.
Más abierta.
Y, sin embargo, sigue mirando en la misma dirección:
hacia otra parte.
Una busca en el pasado.
La otra busca en el futuro.
Una intenta explicar.
La otra intenta encontrar un propósito.
Pero ambas pasan por alto algo muy sencillo.
Lo único que está ocurriendo ahora.
La mente busca respuestas.
La vida no tiene preguntas.
— A. Zohar
Quizá no se trata de encontrar una explicación. Ni siquiera un sentido. Quizá se trata de ver qué ocurre cuando dejamos de perseguir ambos.
Porque la vida no sucede en el porqué. Tampoco en el para qué. La vida sucede aquí. Antes de que la mente la convierta en un problema. Antes de que el corazón la convierta en un proyecto. Antes de que aparezca la necesidad de entenderla.
Hay algo profundamente liberador en eso. No porque desaparezcan las preguntas. Sino porque dejan de ocupar el centro.
Y entonces se ve algo curioso. Mientras intentábamos averiguar por qué ocurría la vida… la vida ya estaba ocurriendo. Mientras buscábamos para qué servía… la vida ya se estaba ofreciendo por completo. Sin explicaciones. Sin garantías. Sin respuestas definitivas.
Y quizá esa sea la respuesta más honesta. La vida no necesita justificarse para ser.
La respuesta no es una palabra.
Es el silencio que queda cuando la pregunta deja de ser necesaria.
— A. Zohar
¿Qué pasaría si, por un momento, dejara de preguntarme por qué… y también para qué?
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