Ramana Maharshi dijo:
“El mundo no está fuera de ti”.
Suena bien. Incluso profundo.
Hasta que lo miras de verdad.
Porque entonces ya no habla del mundo.
Habla de todo lo que crees que no eres tú.
El otro.
El que te molesta.
El que no entiende.
El que debería ser distinto. Ese también.
Si el mundo no está fuera de ti, entonces no hay un “ahí fuera” limpio.
Todo lo que ves,
todo lo que interpretas,
todo lo que juzgas…
aparece en el mismo lugar.
No ves el mundo.
Ves lo que haces de él.
— A. Zohar
Y ahí cambia todo.
Porque ya no puedes señalar sin tocarte.
Ya no puedes juzgar
sin dividirte.
Ya no puedes defender una parte
sin dejar otra fuera.
Ahí empieza la incomodidad.
Porque es más fácil pensar
que el problema está fuera.
Que el otro es el conflicto.
Que el mundo es lo que hay que arreglar.
Pero si eso no es así…
¿qué queda?
No una teoría.
Una evidencia incómoda:
no hay un “otro” limpio.
No hay un lugar desde donde mirar sin implicarte.
Todo lo que ves, te incluye.
Y entonces el juicio cambia.
No porque te vuelvas mejor.
Sino porque empiezas a verte en aquello que juzgas.
Porque cada vez que separas,
algo en ti también se rompe.
Todo juicio necesita distancia.
— A. Zohar
Quizá no se trata de entender a Ramana.
Ni de repetir sus palabras.
Sino de ver qué pasa
cuando dejas de colocar el mundo fuera.
Cuando ya no hay nadie a quien señalar.
¿Qué pasaría si hoy dejara de buscar culpables y empezara a mirar el lugar desde donde miro?
Ahí dejo la pregunta.
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