«Más allá de las ideas de bien y mal hay un campo.
Allí nos encontramos.»
— Rumi
Hay momentos en los que la vida se vuelve muy concreta.
Una herencia, por ejemplo.
Lo que era de alguien
y ahora parece pasar a otros.
Lo mío.
Lo tuyo.
Como si algo realmente cambiara de manos.
Pero, si se mira despacio,
esa idea empieza a tambalearse.
Nada de eso
ha sido nunca de nadie.
Y, sin embargo,
vivimos como si todo lo fuera.
Algo se divide.
Se reparte.
Se defiende.
Y ahí empieza el ruido.
Lo que llamas tuyo necesita ser sostenido.
Lo que es, no pertenece.
— A. Zohar
Hay un momento en que la mente se cansa de dividir.
Bueno o malo. Correcto o incorrecto. Esto sí. Esto no.
Durante mucho tiempo parece necesario.
Ordena. Protege. Da una cierta tranquilidad.
Pero también separa.
Y en esa separación aparece algo más:
esfuerzo, tensión, una forma constante de medir lo que ocurre.
Como si la vida tuviera que encajar en lo que pensamos de ella.
Pero hay algo que no encaja. Nunca lo ha hecho.
Antes de decir “esto está bien” o “esto está mal”,
ya hay algo ocurriendo. Sin nombre. Sin división.
No es un lugar. No es una idea. Es simplemente lo que está siendo.
Ahí no hay dos. No porque se unan, sino porque nunca se han separado.
Y, sin embargo, la vida sigue. Las decisiones siguen.
Las diferencias siguen. Pero ya no pesan igual. Algo se afloja.
Cuando nada es tuyo,
nada puede perderse.
— A. Zohar
¿Qué queda cuando nada es realmente tuyo… ni mío?
Dejo la pregunta.
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