1 de febrero de 2026

¿Dónde la tierra pasa a ser cielo?

— Por A. Zohar

¿Buscas la Verdad? Ella también te busca a ti,
pero se esconde cada vez que intentas tener razón.
— A. Zohar

Todavía estamos ahí, con el metro en la mano, intentando ponerle nombre a la línea donde
termina la noche y empieza el día. Como si a la luz le importara nuestro mapa.

Buscamos el momento exacto en el que la ola deja de ser mar para convertirse en espuma y,
en ese empeño por definirlo todo, por ponerle etiquetas de “oferta” a la existencia,
nos perdemos la paz del paisaje completo.

¿Y si solo hubiera dos posibilidades: tener razón o tener paz?

Parece que no hay un punto medio donde el ego pueda echarse la siesta mientras
sigue luchando por su sagrada verdad. Admitámoslo: tener razón es el kebab
de las tres de la mañana para el personaje; te sacia un momento,
pero te deja una pesadez de alma insoportable.

¿Qué me estoy perdiendo ahora mismo por ganar ese debate mental que solo escucho yo?

Tener razón es la necesidad de marcar la frontera, de decir “esto es así”, como si el universo
necesitara nuestro visto bueno para seguir girando. Usamos lo correcto y lo incorrecto
como un escudo, creyendo que al delimitar el mundo estamos más protegidos,
cuando lo único que hacemos es construirnos una celda con vistas.

La mente racional vive en la orilla,
haciendo dibujitos en la arena.
El ser, en cambio, es el océano,
que no tiene bando que elegir porque ya lo es todo.
— A. Zohar

Elegir la paz es, precisamente, soltar la maldita pregunta.

Es dejar de buscar la costura que une las cosas para empezar, simplemente,
a habitarlas sin preguntarles el DNI.
Es como, para un pez elegir el agua: si no la elige está acabado.

La vida no ocurre en los extremos de “mi opinión” contra “tu error”, sino en el espacio que los sostiene.
En ese valle que se abre entre lo que llamamos correcto y lo que juzgamos como un desastre;
entre lo que debería ser y lo que simplemente es.

Pero elegir la paz no es mirar hacia otro lado mientras el mundo arde.
No es ignorar el ruido de las bombas bajo una calma anestesiada.
Las guerras las monta gente que cree tener la razón.

Al contrario. Solo cuando dejamos de estar en guerra con nosotros mismos,
dejamos de ser reclutas invisibles de la guerra de todos.

La verdadera tragedia no es solo la bala, sino la mente que necesita separar el mundo
en “nosotros” y “ellos”, en “buenos” y “malos” para justificar el disparo.
Si alimento la división en mi cabeza, estoy alimentando la misma energía que aprieta el gatillo.

La paz no es un retiro de lujo; es la responsabilidad radical de no añadir más leña al fuego de la separación.¿Divide y vencerás? Claro. Porque si dejas de dividir, simplemente, no hay batalla posible.

Quizá la no dualidad no sea entender que todo es uno
(que queda muy bien en una camiseta), sino dejar de cansarse intentando que sean dos.

Es en ese valle donde el personaje se rinde —porque ya no tiene a quién gritarle— y donde, por fin, nos encontramos. Sin bandos. Sin juicios. Sin necesidad de que el de delante nos dé la razón para sentirnos vivos.

Si hay ruido, es porque el personaje sigue buscando el aplauso o la razón.

Si hay silencio, es porque la paz —nuestro estado natural— simplemente es,
a pesar de todos nuestros intentos por estropearla.

No busques el silencio.
Solo deja de alimentar al pesado
que vive en tu cabeza pidiendo explicaciones.
— A. Zohar

Y yo, mientras escribo esto me pregunto…

¿qué parte de mi vida estoy intentando ganar hoy en lugar de vivirla?

Ahí te dejo la pregunta. Por si a ti también te sirve de espejo.


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